Hagamos un recorrido por la parroquia

La fachada –casi nívea- flanqueada por el salón Ambrosio Olmos y el colegio parroquial, se presenta como característica de un templo neo románico, estilo que se mantiene en el interior. Se ingresa luego de ascender ocho escalones, elevación justificada por el aspecto que presentaba la calle en la época de la construcción, una gran zanja donde quedaba estancada el agua de las lluvias que inundaban el barrio.

Sorteado el reducido atrio, accedemos al pórtico central de madera y dos más pequeños de similar aspecto en sus costados, de doble hoja, dando todos ellos acceso al nártex. Sobre las puertas laterales se observan dos cruces caladas en el cemento, con vidrio en sus vacíos. Un rosetón con un doble círculo de vitrales hexalobulados y una cruz sobre él rematan el conjunto.

El ingreso tiene una puerta central de madera, de dos hojas con diez paneles tallados en cada una de ellas. Una pilastra y dos columnas medianas con capiteles de aspecto corintio la flanquean, concluyendo los tres en arquivoltas lisas. Una tercera columna a cada lado del dintel que nos conduce al nártex completa el sector.

Sobre el tímpano, una particular escena fue tallada en madera por el P. Pedro Rotger, uno de los sacerdotes de la Congregación que habitaron Madre de Dios, cuya familia era originaria de Villa Lugano y feligresa de la parroquia. En el centro, está representada la Virgen María con el Niño, y –a sus lados- dos clases de personas: un grupo encarna la familia biológica del autor de la obra, mientras que el otro refleja a tres sacerdotes oblatos: los Padres Manuel Recalde y Luis Romero, además del autorretrato del artista.

 

El nártex es amplio. Se observa en el centro otra puerta exactamente igual en tamaño a la que da ingreso al templo; está dividida en cuatro hojas, con ocho paneles de madera cada una de ellas, y cuatro de vidrio translúcido. A sus costados, otras dos puertas más pequeñas, enmarcadas por arcos de medio punto y con similares características a la central. En el extremo del recinto hay dos entradas: la situada a la izquierda corresponde a la Secretaría y la ubicada a la derecha da acceso al despacho del párroco. El nártex está pintado de blanco como el interior del templo, a excepción de las molduras del cielorraso, de tonalidad amarilla.

En su interior, el templo tiene planta de cruz latina, con una nave principal y dos laterales que culminan en el transepto. La nave central duplica en ancho a las laterales. Todo el recinto religioso está íntegramente pintado de blanco, excepción hecha del amarillo de sus molduras, capiteles de columnas y parte interna de algunas capillas.

Cinco arcos formeros de medio punto, sostenidos por cuatro columnas de capiteles de aspecto corintio, un pilar –con una media columna adosada- y una pilastra, separan dichas naves. En la parte superior de las columnas hay pequeños círculos ciegos, cuya función es sólo decorativa.

En el tramo que se forma con cada arco formero, se abren en las paredes de las naves laterales pequeñas capillas de escasa profundidad. Sobre la entrada a cada una de ellas hay un óculo circular, con vidrio amarillo en la parte central y celeste en su borde.

Al empezar nuestro recorrido por el costado izquierdo del templo, luego de pasar una pequeña pila de mármol con agua bendita, hallamos de inmediato un panel de vidrio y madera que separa el sector con la Secretaría. Situados ya en el comienzo de la nave, una puerta separa la misma del vecino colegio parroquial. Un original y decorativo aljibe de material y hierro completa en los últimos tiempos este primer tramo.

En el siguiente, y sobre un gran mapamundi de fondo que indica los lugares donde misionan los Oblatos de María Inmaculada, una efigie en madera exhibe la representación de San Eugenio de Mazenod, fundador de la Congregación, cuyas siglas campean en la parte superior de la capilla. El ya citado Padre Pedro Rotger fue también el autor de la pequeña talla.

En el tercer tramo, una gran placa de mármol beige cubre el muro, cual recogida portada detrás de la cual están enterrados algunos de los distintos misioneros oblatos que fallecieron en el país durante el período en que la Congregación condujo la parroquia. En la placa se lee: “Yo soy la resurrección y la vida. Aquí esperan la resurrección los Misioneros Oblatos de María Inmaculada que evangelizaron en estas tierras”. Sobre ella, una serie de veinte pequeñas chapas con los nombres de aquellos religiosos, a las que se agrega una más destacada recordando al P. Manuel Recalde Huarte. Dejamos aclarado que no todos los sacerdotes allí honrados están enterrados en el lugar.

Llegados al cuarto tramo, la pequeña capilla que allí se encuentra nos presenta – sobre un altar de mármol gris- la imagen central de San Miguel Arcángel, rodeada por las de Santa Lucía (izquierda) y San Pantaleón (a la derecha).

El último tramo expone, encima de un altar de parecida factura al anterior –pero con tonalidad beige- una representación de Santa Teresita del Niño Jesús, flanqueada por San Antonio de Padua a la izquierda y San Vicente de Paul a la derecha. Destaquemos que en esta capilla estuvo antiguamente la estatua de San Roque, que luego invocaremos, asentada sobre un importante altar, distinto del que hoy lo sustenta.

Entramos ahora al costado izquierdo del transepto. Respecto de éste digamos que es de reducida extensión en ambos lados, duplicando en anchura a cualquiera de las naves laterales. En el ángulo, una pequeña imagen sobre peana de San Pío de Pietrelcina. En el centro del sector, y debajo de uno de los dos vitraux más grandes del templo hallamos una gran estatua de San José con el Niño.

Concluido este lado del transepto, y como prolongación imaginaria de la nave izquierda que recorrimos, se abre una pequeña capilla vecina al presbiterio, que expone a la veneración la efigie de San Roque, procedente de Italia y fruto de una donación privada. A la izquierda, en lugar elevado, vemos también un óculo similar a los restantes del templo.

Sobre el ingreso a dicha capilla, como en igual sitio de la situada enfrente conteniendo el Sagrario, observamos dos cuadros que representan la Anunciación y el nacimiento de Jesús, pintados por un artista residente en el barrio, quien también fue el autor del fresco que luce en la parte superior del ábside.

El ámbito del presbiterio es muy diferente en su aspecto al que tenía cuando se inauguró el templo, siendo la modificación resultado de reformas producidas en la última década del siglo pasado. En su centro está el altar principal, cuyo frente ostenta cuatro columnas jónicas destacándose una reproducción de la Última Cena. Detrás de él, la sede del celebrante y seis sillas, tres de cada lado. A la izquierda del presbiterio hallamos el ambón de mármol, sostenido por dos columnas de ónix. En el extremo derecho, la estatua Mater Dei, de procedencia italiana y traída al país por el P. Manuel Recalde al comenzar la parroquia su actividad. Como acotación, refiramos que el altar mayor original tenía en su centro la imagen de la Virgen María, flanqueada por ángeles custodios.

 

Dos grandes ventanas de vidrios similares a los óculos se encuentran en lo alto de ambos extremos del presbiterio. Allí también se encuentra la puerta que conduce a la sacristía.

El ábside es semicircular, fraccionado por pilastras en cinco tramos. Elevado, el gran fresco de Jesús en la cruz encomendando a San Juan Evangelista el cuidado de su Madre.

Concluye esta sección del templo con la capilla que contiene el Sagrario -sobre el muro- y un altar de mármol delante. Antes de que el altar mayor original fuese reformado, durante las dos últimas décadas del siglo pasado, este altar era el que antiguamente sustentaba la efigie de San Roque que observamos en la capilla opuesta. Ostenta en su parte inferior el escudo oblato.

Entramos ahora al lado derecho del transepto. Se reproduce simétricamente el aspecto que presenta el costado opuesto, es decir, debajo del segundo gran vitraux en tamaño del templo se exhibe una imagen del Sagrado Corazón de Jesús de tamaño similar al que –enfrente- representa a San José con el Niño.

A su vez, en el mismo ángulo –opuesto al que se sitúa la imagen de San Pío de Pietrelcina- nos topamos con otra de parecido tamaño de Santiago Apóstol, venerado por la colectividad boliviana, muy numerosa hoy en el barrio. Acotemos como explicación que los misioneros de las órdenes religiosas españolas, al evangelizar el Alto Perú, dedicaron muchos de sus templos al Apóstol Santiago el Mayor –patrono hispano- lo que influyó posteriormente en la intensa devoción que se propagó por él en la comunidad boliviana. Ésta festeja además, con mucha pompa, las advocaciones marianas de Copacabana y Urkupiña.

 

Antes de internarnos en la nave lateral derecha debemos franquear una reja de madera con barrotes, que separa aquella del transepto. Ya en el quinto tramo de la nave, hallamos un confesionario moderno de muy buena factura, donde se alternan la madera y el vidrio de sus dos puertas, coronado el conjunto con una cruz de madera.

En el tramo siguiente, un armonio antiguo es el encargado de acompañar las celebraciones religiosas. La capilla que le corresponde al sector, presentada con la inscripción “Ave María”, contiene una nutrida colección -once imágenes- de distintas advocaciones de la Virgen, acompañadas de placas votivas dejadas por los fieles. Como fondo, un plano de la República Argentina en el muro.

En el tercer tramo, justo enfrente de las tumbas de los oblatos, la capilla que le corresponde al sector ostenta la cruz del V centenario de la evangelización de América, flanqueada por las efigies de San Expedito y San Cayetano.

En el segundo tramo, vemos otro confesionario exactamente igual al antes visto. Culmina esta nave con una representación del Calvario -protección vidriada mediante- que domina todo el sector. Este lugar fue siempre un ámbito de expresión de la piedad popular, y es el paso obligado de quien entraba o salía del templo. La protección vidriada actual tiene por objeto evitar que los fieles entren al reducido recinto, con el riesgo de tropezar, si se tiene en cuenta la tradicional costumbre de los devotos -ejercida durante mucho tiempo- de encender velas al pie del lugar.