Domingo 30 de mayo de 2020

Homilía domingo de Pentecostés

La fiesta de Pentecostés es muy antigua. Mucho más antigua que la vida de la Iglesia. Se celebraba 50 días después de la Pascua. Al comienzo, era la fiesta de la cosecha y se ofrecían en ella los primeros y mejores frutos de la tierra; como una forma de agradecer a Dios lo que él regalaba. Luego, pasó a conmemorar la Alianza de Dios con su Pueblo y la Ley dada a Moisés en el monte Sinaí. En torno a esta fiesta, en Jerusalén, se reunían peregrinos de todos lados. Son todos esos nombres de lugares que acabamos de escuchar en la primera lectura. El libro de los hechos de los Apóstoles hace coincidir esta fiesta con la venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles de Jesús.

Allí, en la casa, el Espíritu Santo desciende sobre ellos como lengua de fuego y los hace salir de sí mismos hablando en distintas lenguas, es decir, dejándose entender por todos. El Espíritu santo restablece la unidad humana, nuestra unidad humana, destruida por el pecado.

Hay una historia muy linda en el Antiguo testamento, que es la historia de la torre de Babel. Pero es una historia que no solo está en la biblia, sino que se encuentra en la literatura de otros pueblos primitivos, con otras variantes. Habla acerca del orgullo humano que quiere darse a sí mismo el honor y la gloria que solo le corresponden a Dios.

Todo el mundo hablaba la misma lengua. El pueblo comenzó a crecer y prosperar, entonces empezaron a fabricar casas cada vez mejores y más fuertes. Se la empezaron a creer. Y decidieron hacer una torre que llegue al cielo; “para perpetuar su nombre”. Dios baja y los pone en su lugar: les mezcla las lenguas.

Así, este relato le da una explicación teológica, que nunca es una explicación histórica, a la ruptura de la comunión de la humanidad.

El Espíritu Santo, en cambio, en el texto que acabamos de leer es el que trae la unidad, la comunión, la armonía.

El papa Francisco nos dice en su último librito “la vida después de la pandemia”:

Hemos pecado contra la tierra, contra nuestro prójimo y, en definitiva, contra el Creador, el Padre bueno que provee a cada uno y quiere que vivamos juntos en comunión y prosperidad. ¿Y cómo reacciona la tierra? Hay un dicho español que es muy claro en esto y dice así: “Dios perdona siempre; nosotros los hombres perdonamos algunas veces sí, algunas veces no; la tierra no perdona nunca”. La tierra no perdona: si nosotros hemos deteriorado la tierra, la respuesta será muy fea. ¿Cómo podemos retomar una relación armoniosa con la tierra y con el resto de la humanidad? Una relación armoniosa… Muchas veces perdemos la visión de la armonía: la armonía es obra del Espíritu Santo. Incluso en la casa común, en la tierra, también en nuestra relación con la gente, con el prójimo, con los más pobres, ¿cómo podemos retomar esta armonía? Necesitamos un nuevo modo de mirar nuestra casa común.

 

Un nuevo modo de mirar al prójimo, agregaría yo. Mirarlo como un hermano y no como un enemigo, un contrincante, como alguien que amenaza mi felicidad.

            La tentación a la que nos encontramos hoy en día es la de querer construir nuestra torre de babel. Construir a costa de otros. Construirla más alta que otros. La tentación del orgullo humano que quiere darse a sí mismo el honor y la gloria que solo le corresponden a Dios.

            El Espíritu destruye esa tentación haciéndonos salir de nosotros mismos como a los Apóstoles. Salir de nosotros para poner al servicio de los demás nuestros dones, que son distintos, pero que provienen del mismo Espíritu.

“En cada uno el Espíritu se manifiesta para el bien común”, dice San Pablo. Hoy es tan necesario poner al servicio nuestro don para el bien común. No hay que imaginarse nada extraordinario. No se trata de hacer cosas grandes sino de hacer grande las cosas simples. ¿A quién puedo ayudar en este momento? Un llamadito. Un mensajito. Una obra de misericordia. Una cosa simple que ayude a recuperar la armonía.

La gracia que podemos pedirle hoy al Espíritu Santo, entonces, es la gracia de la armonía.

En el evangelio, el Señor resucitado les regala a sus discípulos la paz: “la paz esté con ustedes”. Y sopla el Espíritu Santo sobre ellos. También hoy lo hace sobre nosotros.

Cuando perdamos la armonía, con el prójimo, con nosotros, con la creación; recordemos que el Espíritu renueva la faz de la tierra. Él es el único capaz de hacerlo.

Recibamos ese soplo del Señor como una nueva creación. En el libro del génesis Dios sopla sobre Adán y le infunde el aliento de vida. Hoy el Señor sopla sobre nosotros y nos infunde su Espíritu Santo. Recibámoslo con un corazón de alabanza. Un corazón que alaba es un corazón humilde, que sabe ponerse en el lugar que le corresponde. El de hijo amado por su Padre Dios.

Tal vez esa oración de san Francisco de Asís nos pueda ayudar:

 

Alabado seas, mi Señor, en todas tus criaturas, especialmente en el hermano sol, por quien nos das el día y nos iluminas. Y es bello y radiante con gran esplendor, de ti, Altísimo, lleva significación.

Alabado seas, mi Señor, por la hermana luna y las estrellas,
en el cielo las formaste claras y preciosas y bellas.

Alabado seas, mi Señor, por el hermano viento y por el aire y la nube y el cielo sereno y todo tiempo, por todos ellos a tus criaturas das sustento.

Alabado seas, mi Señor por la hermana Agua, la cual es muy humilde, preciosa y casta.

Alabado seas, mi Señor, por el hermano fuego, por el cual iluminas la noche, y es bello y alegre y vigoroso y fuerte.

Alabado seas, mi Señor, por la hermana nuestra madre tierra,
la cual nos sostiene y gobierna y produce diversos frutos con coloridas flores y hierbas.

Alabado seas, mi Señor, por aquellos que perdonan por tu amor,
y sufren enfermedad y tribulación; bienaventurados los que las sufran en paz, porque de ti, Altísimo, coronados serán.

 

Que el Espíritu Santo nos regale la gracia de la armonía para poder compartirla con los demás