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Domingo 24 de mayo de 2020

Homilía VII Domingo de Pascua: La ascensión del Señor

En este tiempo muchas de las cosas que eran cotidianas y sencillas hoy no las podemos vivir en razón de un bien mayor y común. Un paseo por la plaza, un día de pesca, un abrazo, un beso, un mate con amigos. Quizás eso nos ayude a poner cada cosa en su lugar. Es tiempo de valorar las pequeñas cosas que hacen grande la vida.

Hoy, la carta de San Pablo a los cristianos de Éfeso, nos invita a valorar tres cosas:

  • la Esperanza a la que hemos sido llamados,

  • Los tesoros de gloria que encierra nuestra herencia,

  • El poder con el que él (Dios) obra en nosotros.

En primer lugar, la Esperanza puesta en que Dios tiene la última palabra. Al final todo saldrá bien. No quiere decir que saldrá como nosotros queramos; sino que saldrá bien, porque saldrá como Dios quiera.

En segundo lugar, la Herencia. Y no hablamos de una casita, un auto o el anillo de la nona. Hablamos de nada más y nada menos que la gracia de Dios, su amistad (que no merecemos). Dios mismo dándose a nosotros. Esos son los tesoros de gloria que nos han sido regalados.

En tercer lugar, el Poder. El mismo que Dios manifestó en Cristo” es el que nos transmite a nosotros, enviándonos a hacer discípulos

Me detengo en este último un poquito. Conviene saber cómo es ese poder. Para no vivir confundido y no nos pase lo que dice Sabina en una de sus canciones: Confundí las estrellas con luces de neón. No vaya a ser que terminemos estrellados …

Hay que saber que éste no es un poder que impone, que pasa por encima de otros. Y esto es porque no es un poder mundano, sino divino; tiene los criterios del evangelio. Un poder que está al servicio, que encuentra su verdadera fuerza en la debilidad.

Santa Teresita escribe en su manuscrito C, ya en medio de la tuberculosis que la tiene debilitada y la llevará a la muerte muy jovencita, que quiere buscar un ascensor que la ayude a elevarse hasta Jesús. En el día de ascensión del Señor no puede ayudar. Dice así:

Usted, Madre, -le decía a su priora- sabe bien que yo siempre he deseado ser santa. Pero, ¡ay!, cuando me comparo con los santos, siempre constato que entre ellos y yo existe la misma diferencia que entre una montaña cuya cumbre se pierde en el cielo y el oscuro grano que los caminantes pisan al andar. Pero en vez de desanimarme, me he dicho a mí misma: Dios no puede inspirar deseos irrealizables; por lo tanto, a pesar de mi pequeñez, puedo aspirar a la santidad. Agrandarme es imposible; tendré que soportarme tal cual soy, con todas mis imperfecciones. Pero quiero buscar la forma de ir al cielo por un caminito muy recto y muy corto, por un caminito totalmente nuevo.

Estamos en un siglo de inventos. Ahora no hay que tomarse ya el trabajo de subir los peldaños de una escalera: en las casas de los ricos, un ascensor la suple ventajosamente.

Yo quisiera también encontrar un ascensor para elevarme hasta Jesús, pues soy demasiado pequeña para subir la dura escalera de la perfección.

Entonces busqué en los Libros Sagrados algún indicio del ascensor, objeto de mi deseo, y leí estas palabras salidas de la boca de Sabiduría eterna: “El que sea pequeñito, que venga a mí”.

Y entonces fui, adivinando que había encontrado lo que buscaba.

Y queriendo saber, Dios mío, lo que harías con el que pequeñito que responda a tu llamada, continué mi búsqueda, y he aquí lo que encontré: “Como una madre acaricia a su hijo, así os consolaré yo; os llevaré en mis brazos y sobre mis rodillas os meceré”.

Nunca palabras más tiernas ni más melodiosas alegraron mi alma. ¡El ascensor que ha de elevarme hasta el cielo son tus brazos, Jesús! Y para eso, no necesito crecer; al contrario, tengo que seguir siendo pequeña, tengo que empequeñecerme más y más.

Santa teresita sabe que ella no puede. Pero Dios todo lo puede. Encuentra la fortaleza en su debilidad. Es la experiencia espiritual de abajarse, como lo hizo Jesús. La confianza ciega en su divina misericordia, en su promesa: “Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”. Que calma nos trae al corazón escucharlo.

Ese Jesús que sube al cielo no abandona. Está siempre para nosotros. Entonces, ¿nos quedaremos como los discípulos mirando el cielo (en babia)? O necesitaremos que alguien nos diga ¡por qué siguen mirando al cielo? Este Jesús que les ha sido quitado y fue elevado al cielo, vendrá… ¡¡¡Ya ha venido!!! En el corazón de cada uno, en el prójimo. Y hoy especialmente en el que sufre, en el enfermo, en el que está triste. No allá arriba en la nube de valencia sino acá, al costado, caminando a mi lado.

Ayer comentábamos con mucha tristeza en una reunión con referentes del barrio que a las familias de las personas con covid-19 positivo, que están cumpliendo aislamiento obligatorio, algunos vecinos, les piden que se vayan. Así como escuchábamos al principio que pasaba con los médicos y enfermeros. Hay que ponerse en su lugar ¿no? Tener un familiar internado, o en un hotel. No poder verlo, no poder visitarlo y, encima, sufrir la discriminación.

No es momento de este tipo de comportamiento. Nunca lo es, menos ahora. Es momento sí, de inventar nuevas maneras de caridad. Como otros vecinos que llaman por teléfono a esas familias para ver cómo están. O que les hacen las compras, les comparten un paquete de fideos, o lo que necesiten, dejándoselos en la puerta, atendiendo a todas las medidas de prevención.

Para pensar estas nuevas maneras de caridad, El Papa Francisco nos invita a pensar la vida después de la pandemia (un librito que salió hace poco con algunas homilías y reflexiones recientes):

 

Si algo hemos podido aprender en todo este tiempo –dice el papa-, es que nadie se salva solo. Las fronteras caen, los muros se derrumban y todos los discursos integristas se disuelven ante una presencia casi imperceptible que manifiesta la fragilidad de la que estamos hechos [...] Es el soplo del Espíritu que abre horizontes, despierta la creatividad y nos renueva en fraternidad para decir presente (o bien, aquí estoy) ante la enorme e impostergable tarea que nos espera. Urge discernir y encontrar el pulso del Espíritu para impulsar junto a otros las dinámicas que puedan testimoniar y canalizar la vida nueva que el Señor quiere generar en este momento concreto de la historia [...] Este es el tiempo propicio de animarnos a una nueva imaginación de lo posible con el realismo que solo el Evangelio nos puede proporcionar.

Y continúa diciendo

«Una emergencia como la del COVID-19 es derrotada en primer lugar con los anticuerpos de la solidaridad». Lección que romperá todo el fatalismo en el que nos habíamos inmerso y permitirá volver a sentirnos artífices y protagonistas de una historia común y, así, responder mancomunadamente a tantos males que aquejan a millones de hermanos alrededor del mundo. No podemos permitirnos escribir la historia presente y futura de espaldas al sufrimiento de tantos.

Por último, nos interroga:

Si actuamos como un solo pueblo, incluso ante las otras epidemias que nos acechan, podemos lograr un impacto real. ¿Seremos capaces de actuar responsablemente frente al hambre que padecen tantos, sabiendo que hay alimentos para todos? ¿Seguiremos mirando para otro lado con un silencio cómplice ante esas guerras alimentadas por deseos de dominio y de poder? ¿Estaremos dispuestos a cambiar los estilos de vida que sumergen a tantos en la pobreza, promoviendo y animándonos a llevar una vida más austera y humana que posibilite un reparto equitativo de los recursos? ¿Adoptaremos como comunidad internacional las medidas necesarias para frenar la devastación del medio ambiente o seguiremos negando la evidencia? La globalización de la indiferencia seguirá amenazando y tentando nuestro caminar… Ojalá nos encuentre con los anticuerpos necesarios de la justicia, la caridad y la solidaridad[1].

La esperanza es para contagiarla. La herencia para compartirla y el poder (que todos tenemos dado por Dios) para ponerlo al servicio de los que más sufren.

Que el Señor nos conceda la gracia.