sábado, 13 de junio de 2020

Homilía del Corpus

Moisés invita al pueblo a hacer memoria del largo camino del desierto. En ese camino el pueblo tuvo que pasar pruebas muy difíciles y vivir momento de angustia. Toda esa experiencia le ayudó para conocer el “fondo de su corazón” y ver si podía seguir los mandamientos del Señor. En medio de esa experiencia purificadora, Dios los alimentó con el maná, recordándoles que no solo de pan vive el hombre sino, sino de “todo lo que sale de la boca del Señor”.

Como ese pueblo hoy, nosotros también, atravesamos el desierto de la pandemia. Experiencia purificadora que nos muestra el fondo de nuestro corazón.

“No olvides al Señor”. Leemos esta lectura como una gracia a pedir, para que tranquilos, cuando pase todo esto, podamos hacer memoria de que el Señor nos condujo por este desierto de la pandemia para sacarnos de nuestras esclavitudes. Esas que van saliendo a la luz cuando somos puestos a prueba.

Cuentan los jesuitas que cuando Bergoglio era provincial, y uno le pedía algo por que rezar, él lo encomendaba a san José y, enseguidita, iba a darle gracias como si ya lo hubiese conseguido. Eso es confianza en Dios. Es confiar en que Dios nos va a escuchar y si no nos da lo que le pedimos será porque no es conveniente para el bien de nuestra alma.

Pero mientras atravesamos este desierto necesitamos un alimento.

En el evangelio, Jesús se presenta como el pan vivo bajado del cielo.

Para sus paisanos debió ser chocante esta presentación. En primer lugar, porque podía resonar a esas viejas guerras en donde los vencedores se comían los cadáveres de sus enemigos. Algo totalmente repulsivo y jamás aceptado para el pueblo judío. En ningún momento la propuesta de Jesús apunta al canibalismo, eso está claro. En segundo lugar, se preguntarían: si no se trata de comer un cadáver, ¿cómo puede darnos su carne si está vivo?

La carne y la sangre a que se refiere son las del Hijo de hombre. Esa carne entregada y esa sangre derramada por nuestra salvación. Son Carne y sangre glorificadas. Carne y sangre que han vencido a la muerte.

Un poquito antes de texto que acabamos de leer se habla del Pan que Dios está dando. Este pan no es otro que es el mismo Jesús asimilado por la fe. Ahora se refiere al pan que da Jesús, es decir la Eucaristía. El Corpus Christi, fiesta que hoy celebramos. Y no solo eso, sino que dice El que no come no tiene vida eterna.

¡¡Ay Dios!!! ¿¿Y ahora??

Celebramos el Corpus Cristi, pero no podemos comulgar. Qué paradoja si las hay. En realidad, no podemos celebrar la misa en público y por eso no podemos acercarnos a recibir la comunión. Es más, la misa no está hecha para esto, está hecha para celebrarla físicamente. Pero en este tiempo tratamos de sentirnos lo más cerca posible y, aunque no lo estamos físicamente, sí lo estamos espiritualmente. Que es tan real o más. Vieron que a veces uno está de “cuerpo presente” nomás, pero la mente en otro lado. Y ni hablar del corazón.

 

Al hablar de la carne y la sangre, el evangelio de Juan, nos da la idea de la participación en el sacrificio. Fíjense que cosa interesante, hoy el sacrificio es no poder participar del sacrifico eucarístico. Para muchos un verdadero sacrifico. Así también lo vivieron grandes mártires que se vieron privados de la Eucaristía pero que el Señor (por su infinita misericordia) le concedió la gracia de no aflojar en su fe. Nosotros no llegaremos a tanto, pero podemos tomar el ejemplo de esos grandes santos y pedirle al señor que nuestra fe se fortalezca por el sacrificio que tenemos que vivir. Por todos los sacrificios. Porque la recepción del cuerpo y sangre de Jesús produce lo mismo que la fe, la participación en la vida eterna y la esperanza en la resurrección; como así también la permanencia de cristo en el que come/cree y viceversa.

Hay que tener bien claro que permanecer, permanece solo Dios, el resto de las cosan pasan. Como ese refrán: siempre que llovió paró. Incluso esto ocurre con los sacramentos. Porque ellos son signos de la amistad de Dios que podemos sentir, pero nos son regalados para la peregrinación en esta tierra.

En el cielo, lo veremos cara a cara. Pero no tenemos que olvidar que La vida eterna, el cielo, no es exclusividad de los católicos. No hay un “all inclusive” para los católicos y un cielo dos estrellas para los demás. Es el mismo para todos. Por eso la Eucaristía no es un premio para los que nos portamos bien o una suerte de sumar puntos para el cielo. Como si cuando lleguemos san pedro nos pida cuántas ostias tenemos encima. No. La eucaristía es un alimento para el camino. Alimento del que hoy podemos decir con el salmo: Dios lo da a sus amigos mientras duermen. Dios es el único que permanece y más grande que los sacramentos; si permite esto es porque da la gracia. No podemos dudar de Dios.

            Quizás lo más provechoso del tiempo que estamos viviendo sea aprender a valorar ese tesoro tan lindo que tenemos que es el mismo Jesús en su cuerpo y en su sangre. Mirarlo hoy, a través del Facebook, y decirle cuanto lo amamos sabiendo que, al unirnos a él, quedamos también unidos unos con otros formando un solo cuerpo, como nos dice san Pablo.

            Alabado sea Jesús en el santísimo sacramento del altar.

Sea por siempre bendito y alabado.

partirla con los demás