Sábado, 25 de abril de 2020

III Domingo de Pascua

Los primeros cristianos, luego de la resurrección del Señor se encontraron con una pregunta que afectaba profundamente su fe y por lo tanto su vida: ¿Cómo nos encontraremos con Jesús después de la Resurrección?

El evangelio de hoy nos trae un relato más que nos muestra la dificultad de los discípulos de asumir el triunfo de Cristo sobre la muerte. El mismo día de la resurrección de Jesús. Dos de sus discípulos vuelven a su pueblo, como quien vuelve derrotado de una batalla. No es una vuelta alegre, anunciando un triunfo. Sino todo lo contrario. Todas sus expectativas puestas en Jesús se habían esfumado.

Claro, eran expectativas humanas nomás, o ni siquiera. Más bien eran expectativas mesiánicas, liberadoras, pero puramente mundanas. Nosotros esperábamos que fuera él quien librará a Israel, pero… Un profeta poderoso en obras y en palabras no es suficiente. No para hacer lo que Dios quería. Tal vez sí lo que muchos discípulos “esperaban”. Un liberador socio-político. Pero que pobre hubiera sido eso… que gusto a poco tiene. Es por esa razón que ven en la muerte de Jesús nada más que el fracaso del proyecto. Un sueño desvanecido.

No sería malo hoy preguntarnos ¿qué esperamos nosotros de Jesús? ¿De qué cosas le pedimos que nos libere? ¿Cómo creemos que nos liberará de eso que le pedimos? Y, también, ¿Cómo se lo pedimos? Todo esto no es otra cosa que preguntarnos ¿quién creemos que es Jesús?

Tal vez nos daríamos cuenta de lo poco que esperamos de Dios… y sin embargo de Dios debemos esperarlo todo.

Los discípulos de Emaús tenían lo mismo que nosotros: el sepulcro vacío y el testimonio de las discípulas.

El sepulcro vacío deja la espina. El cuerpo no está pero no es prueba contundente de que Jesús haya resucitado. De hecho María Magdalena, en el evangelio de Juan, piensa que lo han robado. Cuando se encuentra con el señor lo confunde con el cuidador del huerto y le dice: “si tu lo has llevado dime donde lo has puesto y yo iré a buscarlo”. Ni a la Magdalena ni a los discípulos de Emaús les fue suficiente el testimonio escuchado ni el sepulcro vacío. “A Él no lo vieron”.

¡¡Que paciencia que tiene el Señor con nosotros!! Como con los discípulos de Emaus, camina a nuestro lado escuchando nuestros argumentos muy objetivos de los hechos de nuestra vida, pero vacíos de fe. Y nos muestra, a través de su palabra, como cada cosa que vamos viviendo cobra un sentido redentor.

La gloria del Mesías no se podía alcanzar con una guerrilla que libere a Israel del poder del imperio romano. Ni con ninguna intervención humana. Como bien dice la primera carta de Pedro que acabamos de leer: “Ustedes saben que fueron rescatados de la vana conducta heredara de sus padres, no con bienes corruptibles, como el oro y la plata, sino con la sangre preciosa de Cristo”. La gloria, en definitiva, se alcanzaba con la pasión.

            Al llegar al pueblito ya era de noche, pero los discípulos les cayó bien este misterioso peregrino (tal vez porque simplemente los escuchó), y lo invitaron a quedarse con ellos. Al sentarse a la mesa, los discípulos reconocieron ese gesto que habían visto en la multiplicación del pan y en la última cena. En ese momento Jesús desapareció de su vista pero… que paradoja, “se les abrieron los ojos”. No los ojos del cuerpo, sino los ojos del alma. Entonces, así se verá a Jesús luego de la resurrección: en las escrituras, compartiendo su palabra y; en la Eucaristía, compartiendo su cuerpo y sangre.

Hoy muchos sufren no poder vivir esto último. No poder comer su cuerpo y beber su sangre. Comulgar. Es para muchos una verdadera pasión. Dios sabe que necesitamos de signos sensibles porque somos cuerpo y alma, espíritus encarnados. Y no solo con respecto a los sacramentos. También necesitamos de un abrazo, un beso, una caricia, las extrañamos en estos tiempos…

Sin embargo, Dios es más grande que todas las cosas y todo lo puede. Por eso rezamos esa oración de “comunión espiritual” al final de la misa. Porque creemos que Dios puede ser capaz de concedernos por su gracias la comunión con él y con nuestros hermanos.

Los discípulos fueron corriendo junto a los otros. Ese ardor que habían experimentado en las escrituras y la fracción del pan les da la alegría de anunciar que el Señor está vivo, resucitado. No pueden dejar pasar el tiempo, tienen que compartirlo con los demás.

Palabra, Eucaristía, Comunión. Allí encontramos al Señor resucitado.

Victor Codina en un artículo reciente, hecho en tiempos de coronavirus se pregunta: “¿Dónde está Dios? Está en las víctimas de esta pandemia, está en los médicos y sanitarios que los atienden, está en los científicos que buscan vacunas antivirus, está en todos los que en estos días colaboran y ayudan para solucionar el problema, está en los que rezan por los demás, en los que difunden esperanza”.

Y nos invita a rezar “un Salmo de confianza que la Iglesia nos propone los domingos en la hora litúrgica de las Completas, para antes de ir a dormir:

Tú que habitas al amparo del Altísimo

Que vives a la sombra del Omnipotente,

di al Señor: refugio, alcázar mío,

Dios mío confío en ti.

Él te librará de la red del cazador,

de la peste funesta.

Te cubrirá con sus plumas,

bajo sus alas te refugiarás:

su brazo es escudo y armadura.

No temerás el espanto nocturno,

ni la flecha que vuela de día,

ni la peste que se desliza en las tinieblas,

ni la epidemia que devasta a mediodía.

(Salmo 90,2-7)

Quizás nuestra pandemia nos ayude a encontrar a Dios” donde no lo esperábamos.

Quedate con nosotros Señor, porque ya es tarde y el día se acaba.