Domingo 16 de mayo de 2020

VI Domingo de Pascua

En estos días venimos escuchando del crecimiento en los casos positivos de covid-19. No solo a lo largo del mundo sino mucho más cerca.

Sabemos, por las noticias, que hay muchos más casos en nuestro país. Quizás ya oímos hablar de alguien del barrio que dio positivo. O más aún, tal vez ya conocemos a alguien que ha dado positivo. El virus empieza a tener rostro, nombre y apellido, empieza a tocar el corazón. Deja de ser un número.

Ya no nos empieza a cerrar tanto esa frase de “las pérdidas aceptables” que escuchamos tiempo atrás.

Hay una publicidad española muy linda. En relación al colapso del sistema de salud y el coronavirus, le preguntan a un hombre cuánto le parece que sería una perdida aceptable para un país. Le dicen un número, por ejemplo, 700 mil. Luego van bajando hasta llegar a 70. El hombre dice: sí, 70 me parece aceptable. En ese momento doblan la esquina vecinos, compañeros, amigos, familia, su mujer y su hija. Así se ven 70 personas dice el que lo entrevista. El hombre no puede evitar emocionarse. ¿Cuántos te parecen que son un número aceptable ahora? –¡¡Ninguno!! Responde.

Nos pasaría lo mismo…

Me animo a imaginar a Jesús contestando lo mismo: ¡¡Ninguno!! Nos dice la primera carta de Pedro: “Cristo padeció una vez por los pecados –el justo por los injustos- para que, entregado a la muerte en su carne y vivificado en el Espíritu, los llevara a ustedes a Dios. Esa es nuestra esperanza de la cual estamos llamados a dar razón, pero no intelectualmente sino, más bien, con nuestro estilo de vida.

Pero, atención. En este tiempo, en donde ya pasó mucho desde que comenzó la pandemia y no pareciera que termine mañana, el mal espíritu puede aprovechar la ocasión para meter la cola y atacarnos con la tentación de la desesperanza. Podríamos decir, para retomar la imagen de la barca de la que hablaba el papa, que estamos en el medio del mar. Miramos para atrás y la orilla está lejos. Miramos para adelante y… lo mismo.

San Ignacio, en sus ejercicios espirituales nos dice, para cuando andamos desolados, “mucho aprovecha el intenso mudarse contra la misma desolación”. Uno podría traducirlo: en momentos difíciles, poner más fuerza para ir en contra de la dificultad para no dejarse arrastrar por ella. Pero no una fuerza humana solamente, que dependería de cada uno de nosotros y desembocaría en un sálvese quien pueda. Sino que, se trata de poner más empeño en la oración y la confianza en que Dios no nos dejará huérfanos, sino que volverá a nosotros como ha prometido en el evangelio que acabamos de leer. Y no solo volverá, sino que rogará al Padre y Él nos enviará otro paráclito (abogado, defensor), además de su Hijo.

Y continúa San Ignacio: “El que está en desolación trabaje para estar en paciencia”. Aquí, en las situaciones feas de la vida, la fidelidad a Dios toma el rostro de la paciencia. Y como dice santa Teresa:

La paciencia
Todo lo alcanza;
Quien a Dios tiene
Nada le falta:
Sólo Dios basta.

Más que nunca entramos en el tiempo de renovar la esperanza. Pareciera que la liturgia nos acompaña en el proceso de atravesar esta pandemia. Comenzamos en cuaresma, palabra muy parecida a cuarentena. Celebramos la Pascua, renovando nuestra alegría de creer que la muerte no tiene la última palabra. Eso no puso fuertes frente a lo que teníamos que afrontar. Así estaban los que tuvieron que salir para cuidar a los demás (o servirlos de alguna manera) y los que tuvieron que quedarse en casa para cuidar a los demás, cuidándose ellos.

El tiempo pasó. Y se comenzó a hacer duro. La vida familiar empezó a tener roces. Lo que al comienzo era tan fácil como quedarse en casa, dejó de serlo. Volvió a haber delitos (y a aparecer nuevas formas de ellos, por ejemplo, telefónicos). Comenzó a aparecer la rutina (en su sentido más negativo) y con ello cierta depresión. Ni hablar de lo económico que ya conocemos por los diarios, o la experiencia propia lamentablemente.

Necesitamos ahora, pedirle al señor que nos renueve esa esperanza. Y el Señor lo hace asomando ya la promesa del Espíritu Santo. Barriendo la orfandad y la soledad que podemos sentir en nuestras vidas. La promesa del Espíritu santo es la promesa de que el amor de Dios viene a nosotros. Una vez más el señor se nos adelanta en el amor, porque si vivimos sus mandamientos es porque su amor nos impulsa a hacerlo. De lo contrario nos sería imposible.

Esta promesa del Espíritu renueva nuestra esperanza y la esperanza no defrauda. Volvemos sobre el poema de Santa Teresa:

Confianza y fe viva
mantenga el alma,
que quien cree y espera
Todo lo alcanza.

Para terminar, comparto un pensamiento acerca de la esperanza, escrito en la prisión de Vietnam por el obispo Van Thuan:

La línea recta está hecha de infinitos pequeños puntos unidos uno al lado del otro.

También la vida está hecha de millones de segundos y de minutos unidos uno a otro.

Si colocas bien cada uno de los puntos la línea será recta.

Vive con perfección cada minuto de tu vida y esta será santa.

El camino de la esperanza está tapizado de pequeños actos de esperanza.

Viviendo en ella cada minuto, puedes hacer que la esperanza se vuelva una vida.

Conservar la esperanza en medio del cautiverio injusto, eso es una gracia que solo viene de Dios y no de fuerzas humanas.

Pidamos la gracia de que el Espíritu nos renueve la esperanza (tan amenazada en estos días) para seguir cuidando al prójimo.

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