sábado, 18 de abril de 2020

Domingo de la misericordia

Celebramos, luego de la octava de pascua, el segundo domingo de Pascua llamado domingo de la Misericordia.

Esta semana pasada la celebramos como si fuera un solo día. Un gran domingo de Pascua. Pero no termina allí la Pascua. Falta todavía. En realidad son 50 días, hasta llegar a la fiesta de pentecostés. 50 contra 40 de cuaresma, en donde nos preparamos a la pascua.

Es como si adivinara la liturgia que necesitamos más tiempo para digerir la alegría de la Pascua que el dolor de la cruz.

Esta es la experiencia de los discípulos, a quienes el Señor se les tiene que aparecer una y otra vez y con mucha paciencia mostrarle sus manos y su costado como acabamos de escuchar en el evangelio. Y no solo aparecérseles sino también insistirles dándoles la paz y diciéndoles que no tengan miedo.

            Vemos en los evangelios la insistencia del señor para que vivamos la alergia de la resurrección. Ocurre que si esperamos que terminen nuestras desdichas para anunciar la alegría de la resurrección no lo vamos a hacer nunca. Hoy será la pandemia, mañana… otra desgracia, personal, social…

            Hay en nosotros una extraña desconfianza a la alegría. Como si disfrutar de la alegría traicionara el mensaje evangélico. Tenemos el falso concepto de que somos más fieles sufriendo que gozando. Este es un gran error!! Porque Dios nos hizo para la felicidad. (Quizá esto tenga que ver con una resistencia a Dios en el fondo).

            Si nos preguntaran, ¿qué es lo más característico del cristiano? Sin dudar deberíamos decir: ¡¡¡la Alegría!!! Y esto es porque seguimos a Cristo resucitado.

            Así que en los tiempos gozosos lo más sensato es disfrutar. Allí se manifiesta nuestra fidelidad. Sin embargo, en los tiempos dolorosos, la fidelidad se manifiesta como constancia, “resistencia”. Y, en este último, acordate de lo lindo para poder seguir adelante.

            Es por eso que la 1 Pedr nos dice: “ustedes se regocijan a pesar de las diversas pruebas que deben sufrir momentáneamente”.

            Hoy podemos decir que la pandemia es una prueba que debemos sufrir, no solo a nivel personal sino a nivel mundial. No es para que andemos pidiendo pandemias cada 4 años como el mundial. Ni tampoco para que pensemos que Dios nos manda esta prueba. No es tan simplista el asunto. Pero si para que aprovechemos este tiempo, como un tiempo de purificación.

            Es un tiempo que puede sacar lo mejor y lo peor de nosotros como individuos y como humanidad.

            Ayer escuchaba en un audio del padre Rossi en radio continental que una funcionaria decía que el “drama (del covid 19) lo está viviendo la clase media porque los pobres están acostumbrados a decidir si comen al mediodía o a la noche o si directamente no comen”. Bue… para esto no vamos a conseguir vacuna. Para este tipo de virus… digo.

            Ojalá no se vuelvan pandemia estos virus. Que en el mejor de los casos le podemos decir el virus de la ignorancia, del no conocer las realidades. Pero hay otros virus…

El virus de la soberbia, como la vimos en algunos mandatarios mundiales, que se pensaron que el covid 19 por ser países desarrollados los iba a respetar, a pasar de largo.

El virus de la indiferencia. Dice el papa en el discurso de pascua: “Este no es el tiempo de la indiferencia, porque el mundo entero está sufriendo y tiene que estar unido para afrontar la pandemia”.

El virus del egoísmo de quien no quiere compartir en una situación tan delicada, no vaya a ser que después le falte a él por haber dado. Te va a faltar a vos y nos va a faltar a todos, tal vez, pero a aquellos que se animaron a compartir no les van a faltar amigos ni tranquilidad de conciencia y paz. “Hay más alegría en dar que en recibir” dice el libro de los hechos de los apóstoles. “este no es tiempo de egoísmo -dice Francisco en el mismo mensaje-, porque el desafío que enfrentamos nos une a todos y no hace acepción de personas”.

O también, el virus de la división. En fin, no es tiempo de esto.

Pero también es un tiempo que saca lo mejor. Tanta gente solidarizándose con los más necesitados. Tantos médicos arriesgando su vida para sanar a los enfermos. Tantas enfermeras junto a las camas. Tanta gente que se dedica a que los lugares estén limpios y desinfectados para prevenir. Tanto docentes y personal escolar buscando las mil maneras de seguir educando a pesar de las dificultades. Tantos sacerdotes llevando el consuelo a los moribundos y enfermos o sosteniendo comunidades vulnerables. Y así podemos seguir, repositores, trasportistas,  en fin… Ojalá esto sí sea contagioso!!

El amor no se termina cuando lo doy, al contrario se multiplica. No se agota, se hace fecundo. El Señor resucitado está resucitado porque una vez se entregó en la cruz y esa entrega se hizo fecunda, se desparramó para salvación de todos nosotros. Esa es la alegría que estamos celebrando.

Pidamos entonces la gracias de contagiar la alegría de la resurrección del señor.

foto carnet martin.jpg

Padre Matín Carroza