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La sed más profunda

15 de Marzo de 2020

Quien haya tenido la experiencia de caminar bajo el sol en una tarde de Enero en Buenos Aires, sabe lo duro que se vuelve si no lleva consigo una botellita de agua. En el caso de olvidárnosla, uno puede pasar por un kiosco y comprar una o, pedirle un vaso de agua a un vecino amigo. Antes de salir hay que tomar sus recaudos porque la sensación de sed puede llegar a ser desesperante.

El Pueblo de Dios que peregrinó por el desierto no tenía ni kiosco ni vecino amigable cerca. Simplemente no tenía agua para beber. Pero en lugar de apoyarse en el Dios que los había liberado de la esclavitud con mano poderosa, se desesperó. Es decir, perdió la esperanza en Dios y su promesa. Empezó a reprochar y protestar.

Fue Moisés quien tuvo que interceder por el Pueblo ante Dios para pedir la intervención divina. Y fue Dios quien se apiadó de ellos e hizo brotar agua de las piedras para que pudieran beber.

Sin embargo no terminó allí lo de la sed y el agua del Pueblo, porque, como nos pasa a todos, volvieron a tener sed y tuvieron que volver a tomar agua. Y así, una y otra vez, cada vez que tenían sed. La Biblia nos ayuda a pensar, con este pasaje, que hay una realidad más profunda aún que la sed física del Pueblo. El agua que brotó de la piedra no sació la sed más profunda del Pueblo.

Por eso Jesús le dice a la samaritana que si tomamos del agua que él nos dará nunca más tendremos sed. Jesús sabe que hay una sed dentro nuestro que no se puede calmar con el agua del pozo. Esa es la sed de Dios.

Cuando pedía a la samaritana que le diera de beber, ya le había regalado la fe; y quiso tener sed de la fe de esa mujer para encender en ella el fuego de su amor divino que la impulsó a anunciar la Buena Noticia a todos sus compatriotas.

Pidamos la gracias de tener sed de Dios para que el mismo Señor nos dé de beber.

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Oración

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